CARTA PASTORAL
CON LA QUE EL EXCMO. SR. ARZOBISPO DE TULANCINGO
DOMINGO DÍAZ MARTÍNEZ

C O N V O C A
A LA CELEBRACIÓN DEL SESQUICENTENARIO DE LA DIÓCESIS
1864 – 2014

“Ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad” (1 Cor, 13, 13).

Celebramos, con la gracia de Dios, ciento cincuenta años de existencia como Iglesia particular. Nuestra querida Diócesis de Tulancingo en los planes de la divina Providencia nació por la Bula de su Santidad Pio IX “In Universa Gregis”, de fecha 26 de enero de 1862, llevándose a cabo su ejecución canónica el 22 de mayo de 1864. La Diócesis quedó encomendada al patrocinio de Nuestra Señora de los Ángeles.

Al cumplirse este siglo y medio de vida diocesana es justo y necesario que Arzobispo, sacerdotes, vida consagrada, seminaristas y hermanos fieles laicos elevemos nuestras manos al cielo, en oración de alabanza y gratitud al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

La celebración del año jubilar ha de ser para todos nosotros, los protagonistas de esta historia, una gracia que Dios nos concede, mirando con fe y gratitud el pasado, analizando con grande objetividad y esperanza nuestro presente y proyectando responsablemente nuestro futuro en la caridad de Cristo, puesto que estamos llegando a los ciento cincuenta años caminando en la fe, la esperanza y el amor.

Desde mi arribo a esta Arquidiócesis de Tulancingo, en el año 2008, he mirado con grande ilusión y esperanza la llegada del sesquicentenario. Deseo que este acontecimiento tan significativo en la vida de nuestra Iglesia sea la ocasión de alegrarnos como hermanos por tanto bien recibido a lo largo de este siglo y medio de historia de salvación “Ciento cincuenta años de fe, esperanza y caridad”, como reza nuestro lema jubilar, y también deseo en nuestro año jubilar: Reavivar nuestra fe, para ser una Iglesia más viva. Reavivar nuestra esperanza, para ser una Iglesia más activa. Reavivar nuestra caridad, para ser una Iglesia más caritativa. Reavivar nuestra fe, para ser una Iglesia más unida. Reavivar nuestra esperanza, para ser una Iglesia más convencida. Y reavivar nuestra caridad, para ser una Iglesia más agradecida.

Que esta alegría, sea, sobre todo, celebrada y vivida en la Eucaristía, sacramento de nuestra fe, para que en una doble dimensión: primero de gratitud y alabanza a Dios por nuestra Historia Diocesana, tan llena de ricas experiencias y gracias recibidas del cielo; y segundo, de proyección hacia el futuro en el que responsablemente todos como una Iglesia viva sigamos siendo más y mejor, la asamblea santa, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios que bendice a su Señor.

Con fe, esperanza y caridad Convoco

a la celebración del Año Jubilar. Y dispongo que su inauguración sea el día miércoles 22 de mayo del 2013 con un evento común en la Sede Episcopal de Tulancingo. Que esta misma inauguración tenga su expresión particular en cada parroquia de nuestra Arquidiócesis el domingo 26 del mismo mes y año. La comisión diocesana Pro-jubileo nos proporcionará oportunamente las indicaciones para la forma concreta de esta celebración inaugural.

Así también, después de celebrar durante todo el año en diversas manifestaciones de fe, esperanza y caridad, nuestra alegría de ser Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica, (Credo Niceno-Constantinopolitano) hagamos la solemne clausura de este año jubilar el día 22 de Mayo del año 2014, fecha en la que se recordará la erección canónica de nuestra Diócesis.

1 Antes, durante y después.

Acordamos que antes de nuestro sesquicentenario haríamos tres acciones: primera, reavivar la fe de los agentes de pastoral; segunda, reavivar nuestras estructuras diocesanas de pastoral; tercera, reavivar la pastoral de la Iniciación Cristiana.

Acordamos que durante la celebración de nuestro sesquicentenario tendríamos un programa propio con actividades y celebraciones durante todo un año, “Año Jubilar”.

Y acordamos que después de la celebración de nuestro sesquicentenario elaboremos cuidadosamente nuestro plan diocesano de pastoral. Así, a la vez que celebremos nuestro jubileo diocesano, nos preparemos también para elaborar nuestro plan diocesano de pastoral para el futuro, porque somos Iglesia que peregrina. Ciertamente que renovados por la gracia jubilar del sesquicentenario tendremos mayores bríos como pastores y fieles laicos en orden a llevar nuestra pastoral diocesana de manera más organizada y responsablemente ejercida para gloria de Dios y bien de nuestra Iglesia particular. La Pastoral de conjunto, de la que tanto venimos hablando, no es otra cosa que propiciar la unidad de la Iglesia en la comunión de esfuerzos pastorales con el fin de construir el reino de los cielos en armonía de proyectos y acciones, guiados siempre por la voz del Padre, que nos llama a seguir a Jesús, camino, verdad y vida (Cfr. Jn. 14, 5), bajo la luminosa y vivificante presencia del Espíritu Santo quien tiene la misión divina de inducirnos a la verdad completa Cfr. (Jn. 16, 13).

2 Veamos con ojos de fe nuestra realidad

Formamos parte del quinto estado más pobre de la nación mexicana a pesar de tanto talento, pero de escasa voluntad al servicio del bien común. Las expresiones de caridad y unidad han disminuido y tal parece que nos cuesta mucho esfuerzo vivir la unidad, posiblemente se deba a que no la consideramos un valor importante. La vida y la familia están amenazadas; muestra de ellos son los abortos y los divorcios en aumento. La participación activa y organizada de los bautizados en la pastoral y en la vida socio-política no es como la realidad lo necesita. Posiblemente esto se deba a que bautizamos y confirmamos con poca preparación. Muchos hermanos nuestros emigran de su familia a otras naciones o estados de la república mexicana en busca de trabajo porque en Hidalgo no lo encuentran. Nuestro Seminario tiene pocos alumnos y muchos hermanos sacerdotes han dejado el ministerio mostrando así el trabajo a realizar en el Corazón de la Arquidiócesis.

3 Veamos con esperanza nuestra realidad.

Tenemos muchos catequistas, celebradores de la Palabra, ministros extraordinarios de la Eucaristía, coordinadores de movimientos apostólicos y otros agentes de pastoral que son frutos de nuestro amor a la Iglesia y fruto de nuestro proceso pastoral. Las estructuras pastorales se han reavivado, las parroquias han aumentado y el ánimo pastoral ha crecido gracias a la fe que se ha manifestado durante estos 150 años. Tenemos sacerdotes y laicos que han tenido y tienen mucho talento, de ahí que nuestra cultura sea valiosa y abundante mostrando así lo que hemos recibido de Dios y lo que hemos recibido de la sociedad. Los recursos naturales con los que contamos son abundantes, esto nos indica que depende también de nosotros vivir una vida mejor. Y los laicos, que son numerosos, tienen ánimo y voluntad de participar en la edificación de la Iglesia; esta realidad que viene de años nos muestra, una vez más, que podemos ser una Iglesia más viva.

4 Veamos la realidad de nuestra caridad.

La ciudad de los niños, una obra de cinco estrellas, gracias a la participación y solidaridad de algunos sacerdotes y laicos. Dios les pague. El Centro Cruz Azul, obra destinada a la promoción y formación de nuestros laicos pero que en la actualidad, por diversas causas, falta aprovecharla mejor. A las cárceles en donde viven algunos de nuestros hermanos, les falta atención, hace falta nuestra presencia con palabras y acciones liberadoras. Tenemos asilos para ancianitos olvidados en donde la caridad de las hermanas religiosas se hace visible; y también en los asilos se hace visible la caridad de nuestros hermanos laicos para suplir el descuido de los familiares de nuestros ancianitos. Hemos descuidado a nuestros hermanos adictos, es decir, no tenemos una respuesta pastoral organizada para alcohólicos y drogadictos. Y no tenemos manos, ojos y presupuesto para los hermanos con capacidades diferentes; estos sí existen y son nuestros hermanos. Por ejemplo: en nuestra Arquidiócesis existen 8592 sordos; 6518 mudos; 15110 en total.

5 Miremos con fe nuestra Historia.

“Tenemos que dar en todo tiempo gracias a Dios por ustedes, hermanos, como es justo, porque su fe está progresando mucho y se acrecienta la mutua caridad de todos y cada uno de ustedes” (1 Tes. 1,3).

Este es el fruto que podemos reconocer y recoger del camino recorrido durante estos ciento cincuenta años. Nuestra Iglesia diocesana ha vivido en el camino de la fe, que como don de Dios recibido en el sacramento del bautismo, sostiene la vida de los que forman esta iglesia de Tulancingo, alegrándonos por la comunidad que han formado ustedes con paciencia y con la fe en que han perseverado. (Cfr. 2 Tes. 1, 4).

La historia de nuestra arquidiócesis es un continuo testimonio de fe. Los ya doce obispos ilustres antecesores míos, que como celosos pastores de la única Iglesia de Cristo fueron sembrando la palabra de Dios por los diversos caminos del altiplano y las comunidades enclavadas en las serranías de Hidalgo, Puebla y Veracruz, suscitaron esa fe en el corazón de nuestros queridos hermanos, teniendo presente la diversidad de culturas y lenguas que han caracterizado nuestra Diócesis, ahora sede metropolitana. Se anunció la Palabra y surgió la fe, pues la fe vino con la predicación y la predicación consiste en anunciar la Palabra de Dios. (Cfr. Rom. 10, 17).

Pero nuestra mirada a la historia del pasado no ha de quedarse en una contemplación pasiva de un ayer que ya fue y no volverá. La conciencia de una Iglesia viva nos pone ante el reto de renovarnos en esta fe. Que nuestras comunidades parroquiales lleguen a tener “clara conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla” (Paulo VI Exhort. Apostólica Petrum et Paulum Apostolos, en el XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, 22 de febrero de 1967). Y todo esto para que la fe sea puesta a prueba con las obras (Cfr. Sant. 2, 14).

Así, la fe que permanece es la que sigue iluminando nuestro presente y es la respuesta a la realidad existencial de la humanidad, que nos pone de cara al futuro: “no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico “preámbulo” de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de “lo que vale y permanece siempre”. (Carta Apostólica en forma Motu proprio “Porta Fidei” del Santo Padre Benedicto XVI con la que se convoca el año de la fe. Ed. Vaticana, Roma, II de octubre del año 2010).

6 Iluminemos con esperanza nuestro presente.

“Tengo presente… las obras de la fe de ustedes, los esfuerzos de su caridad, y la paciencia en el sufrimiento de la esperanza en Jesucristo nuestro Señor”. (1 Tes. 1, 3.).

Hemos hecho esfuerzos por revisar nuestro presente, con mirada paciente y confiada, para aprender a descubrir la santa voluntad de Dios en el caminar de nuestra Iglesia Arquidiocesana. En este sentido, hemos querido revisar los sacramentos de la iniciación cristiana, en orden a vivir mejor la fe bautismal, celebrar plenamente la Eucaristía que es el sacramento del amor de Cristo, quien se entregó por nosotros para salvarnos. Y continuaremos en la reflexión sobre el sacramento de la confirmación, que nos haga conscientes de la esperanza a la que hemos sido llamados (Cfr. Ef. 1, 18).

Nos enseña su Santidad Benedicto XVI: la “esperanza es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras fe y esperanza parecen intercambiables. Así la Carta a los Hebreros une estrechamente la plenitud de la fe (10,22) con la firme confesión de la esperanza (10,23) También cuando la Primera Carta de Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre prontos para dar una respuesta sobre el logos –el sentido y la razón- de sus esperanzas (cf. 3,15), esperanza equivale a fe”.

No son la fe y la esperanza excluyentes o tan contrarias que se desconocieran mutuamente. Por lo contrario, la fe mira a la esperanza y la esperanza supone la fe. Como nuestro pasado mira al presente y nuestro presente supone el pasado. Nuestra historia Arquidiocesana tiene un pasado, rico de una vivencia de fe, lo he señalado anteriormente, y a la vez la esperanza del presente, está ancorada en esa fe que se ha venido consolidando con la constante predicación de la Palabra de Dios.

Vemos con esperanza nuestro presente, nos alegramos de celebrar el Año Santo Diocesano, que no es un objetivo final, sino un paso en el caminar de nuestra historia que nos pone ante el reto del futuro. Esperemos seguir siendo una verdadera Iglesia de fe y esperanza vivas, que continúa haciendo su historia y legar a quienes conformen la Iglesia diocesana del mañana el testimonio de esta fe y esperanza.

La revisión de los sacramentos de la iniciación cristiana y la reflexión sobre la necesidad de una pastoral de conjunto, no tienen otra finalidad que la de consolidados en la esperanza de llegar a ser una Arquidiócesis renovada por la gracia del jubileo.

El Papa Benedicto en su Encíclica sobre la Esperanza Cristiana “Spe Salvi”, nos invita a preguntarnos ante la realidad de nuestra Iglesia actual ¿Qué podemos, qué debemos esperar?

Y es mi deseo que la respuesta de toda nuestra querida Arquidiócesis sea la de una verdadera renovación interior, para poder decir con el Apóstol Pedro: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva” (1 Pe. 1,3), que sea la razón de nuestro ser Iglesia. Viviendo plenamente nuestro bautismo mantendremos la entereza y gozosa satisfacción de la esperanza (Cfr. Heb. 3, 6).

7 Proyectemos con amor nuestro futuro.

“Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, éstas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad.” 1 Cor. 13,13.

¿Qué queremos para nuestra Arquidiócesis de Tulancingo? Queremos que en el corazón de todos: Obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y hermanos fieles laicos, reine la caridad de Cristo. Este tiene que ser nuestro principal proyecto para el futuro: que reine el amor de Dios en el corazón de todos, porque Dios es amor. Y aquí podemos hacer también una relación del amor con la fe. Nos enseña su Santidad Benedicto XVI: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn. 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino”. (Carta Encíclica “Deus Caritas Est” de su Santidad Benedicto XVI, sobre el amor cristiano, 25 de diciembre, solemnidad de la Natividad del Señor, del año 2005).

La Arquidiócesis de Tulancingo que con mirada de fe escudriña su historia para conocerse y consolidar su identidad como Iglesia particular, ve también con esperanza desde su presente para poner las bases sólidas de su futuro, y que es el diseñado en el proyecto de Dios: la salvación. Esta salvación tiene como origen el amor de la iniciativa divina, porque, Dios que es amor, que nos ama con amor benevolente (Sto. Tomás, Summa Theologiae, 1-2 q.4a.8 y 2-2 q. 23-33), quiere para nuestro futuro darnos prueba de que ese amor es fiel e infinito. Nuestros proyectos pastorales han de estar inspirados en este proyecto de Dios. ¿Por qué tenemos que planear, por qué tenemos que hacer nuestro plan arquidiocesano de pastoral?, “porque nos apremia el amor a Cristo”. (2 Cor. 5, 14). ¿Por qué la pastoral de conjunto? Porque la Iglesia es como un cuerpo. 1ª. Cor.12.

Las palabras del papa Benedicto nos inspiran para comprender a fondo el sentido del amor de Dios que tiene que manifestarse en su plenitud a través del tiempo y de la historia de nuestra Iglesia: “El desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza conlleva el que ahora aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad, y en el sentido del “para siempre”. El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad. Ciertamente, el amor es “éxtasis”, pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios: “El que pretenda guardar su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrara” (Lc. 17, 33).

Al cumplir siglo y medio de vida diocesana hemos de preguntarnos también ¿cómo vivir el amor de Dios en un futuro planeado, en unos objetivos pastorales en los que la solidez de la fe, la luz de la esperanza y el fuego del amor resplandezcan intensamente en una pasión evangelizadora en sus estructuras y sus métodos? (Juan Pablo II).

Conclusión.

Celebrando con verdadera alegría cristiana ciento cincuenta años de vida diocesana es muy importante profundizar en la fe, la esperanza y el amor, que constituye la esencia de nuestra historia. Meditemos durante este año en esto que constituye lo fundamental de nuestra vida como hijos de Dios y vislumbremos juntos los caminos que nos llevan a la Iglesia que debemos ser: una Iglesia viva. La Iglesia que la Iglesia espera: una Iglesia activa. La Iglesia que los pobres necesitan: una Iglesia caritativa. La Iglesia que logrará dar testimonio: una Iglesia unida. La Iglesia que la realidad exige: una Iglesia convencida. Y la Iglesia que Dios espera: una Iglesia agradecida.

Una de las formulaciones más influyentes sobre el sentido de la fe es la que Pablo ofrece en 1 Tes 1,3 cuando dice “nos acordamos sin cesar, delante de Dios y Padre nuestro, de la obra de su fe, del trabajo de su amor y de la perseverancia de su esperanza en nuestro Señor Jesucristo”.

De esa manera, Pablo ha descrito el sentido de las tres actitudes básicas de la vida cristiana, que la tradición posterior interpreta como “virtudes teologales”, es decir, como expresión del encuentro con Dios. Todo en la relación del hombre con Dios es “obra de fe” (εργου τηζ πιστεωζ) signo y presencia de la fe que actúa. Todo es despliegue o trabajo de un amor (xóπου τηζ αγαπηζ) que se manifiesta en la entrega de la vida, en manos de Dios al servicio de los otros. Todo es finalmente paciencia o perseverancia de la esperanza (υπομονηζ τηζ ελπιδοζ), expresión de un camino abierto hacia el Reino. Más que virtudes en sentido clásico, esos gestos constituyen la esencia de la vida creyente y son inseparables de manera que cada uno está implicado en el otro. Así pues, que permanezcan la fe, la esperanza y el amor en nuestra muy querida Arquidiócesis de Tulancingo, pues Dios que es amor se nos ha manifestado en Cristo, y Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre (Heb. 13, 8).

Al que puede consolidarlos conforme al Evangelio que se les ha predicado para obediencia de la fe, a Dios Padre, por Jesucristo, ¡a Él la gloria por los siglos de los siglos! Amén. (Cfr. Rom. 16, 25-27).

En nuestra residencia episcopal, Tulancingo, Hgo., 31 de Mayo del 2012, fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María.

Domingo Díaz Martínez,
Arzobispo de Tulancingo.
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